No hace mucho pude visitar una fortaleza de Segovia. La verdad es que aquel restaurante fue delicioso: un buen cochinillo que no se prueba todos los días. Tras aquel bastión gastronómico, fuimos a visitar el alcázar. Aquello se parecía mucho a un castillo de piezas que teníamos en casa, aunque no era de Lego.
Durante la visita, el guía, con mucha alegría y jovialidad trataba asuntos históricos. También contó alguna parte del Evangelio en que se hacia referencia a los discípulos de Jesús de Nazaret por motivos históricos y, entre ellos, que había una mujer: María de Magdala. Todo normal y correcto.
Sin embargo, dejó entrever en algún momento del relato que entre Jesús y María Magdalena hubo algo más que amistad, compasión o admiración. Aquello despertó un par de sonrisas frívolas y carcajadas irrisorias.
En mi madre, despertó la alarma de que aquello no podía ser posible. Cómo un guía del alcázar de Segovia, presunto conocedor de la historia, podía explicar esa versión tendenciosa.
A la salida, cuando todos se habían ido, se cogió a solas al guía y le preguntó por aquella versión. Entonces mi madre le sugirió -de modo asertivo- ni bromear con algo tan trascendente. Esperemos que la fortaleza de la historia siga intacta, a veces tanto monta no monta tanto.