En casa de mi abuelo había cuadros de mariposas disecadas justo antes de entrar en el salón, donde jugábamos a ping-pong los domingos. Esas mariposas serían algún regalo imagino, adornaban bien. Alguna vez imaginé la vida de alguna de ellas, intuyendo que si estaban ahí sería por ser excepcionales y raras.
Con qué soberbia volaría esa mariposa rara pensando que es el resultado de mutaciones y genomas tan particulares. Con qué soberbia batiría las alas con definiciones tan fabulosas como las orlas que la decoran.
Cualquiera que la viese pensaría: qué rara. Pero no por desprecio, más bien lo contrario, congratulándose de un hallazgo tan increíble. Y ella seguiría posándose con calma entre flores que le permitan lucir las partes moteadas, o la curva más brillante aprovechando un breve rayo de luz.
Con su vuelo grácil -pero revoltoso- inspira la confianza de quien despliega su potencial a la lupa del cauteloso y atónito investigador. Qué rareza tan digna. Qué peculiaridad asombrosa.
Cuando me preguntan sobre mi familia, tengo que advertir por adelantado: mi familia es rara. Y dependiendo del contexto, describo las rarezas de una familia o la otra. Espero que entonces en sus cabezas piensen en esas mariposas.