La música nos iguala por arriba, o eso dice el director de orquesta Íñigo Pírfano cuando explica su proyecto “A Kiss For The World”. En su proyecto, lleva la 9a Sinfonía a sitios donde parece olvidada: hospitales, cárceles, centros de refugiados, etc.
Con un afán parecido, a veces intento incoar canciones. Muchas veces me dicen: “Andrés, no cantes por favor”. Últimamente se olvidan ya de la parte del “por favor”, y les entiendo. Entono el mea culpa cuando caigo en el profundo pensamiento impotente de mi no-talento por la música.
Y es que me acuerdo de cuando la rechacé. Sí, es un recuerdo mío muy de pequeño, y no me refiero a cuando la rechazo en esas sesiones de reggaeton sushio que en ocasiones nos damos con algo de destemplanza.
Tenía 4, 5 o 6 años. Íbamos andando mis padres y yo por un callejón cerca de nuestra casa. No era un callejón propiamente porque tiene 2 salidas, pero tienes sensación de callejón porque es largo y estrecho, de los de “no entro por aquí a partir de las 10 pm”.
En ese callejón, como era de día, mis padres me insistieron en ir al conservatorio y compaginarlo con mis entrenamientos de fútbol. Mi madre de joven tocaba el piano y de ahí la propuesta, entiendo yo. Me negué rotundamente, me producía un esguince mental ir a un sitio raro con gente rara a hacer cosas raras. Y nunca fui. Para qué. Iluso.
A veces las decisiones esclavizan más que liberan y es tarde cuando queremos rebobinar. Yo también podría decir como David Beriain decía a su madre: “me quisiste tanto que me quisiste libre”.
Quizás por eso me apasiona la oreja de Van Gogh, porque me falta oído.