Para mí fue un descubrimiento placentero. Había escuchado hablar de este libro de oídas hace años y lo cogí más por casualidad que otra cosa. «Buscando cobre, encontré oro» que se dice. Un personaje que acapara todo el protagonismo por su elocuencia, audacia, inteligencia y humor.
Según qué libros, a veces se intuyen los capítulos venideros, a veces el libro va más rápido que tú porque es desconcertante y no da tiempo a pensar, y a veces el libro te deja tiempo para adivinar, pero cuando has dado un paso, el libro da dos. Este último es el caso, deja disfrutar por lo inesperado y permite asombrarse ante las salidas de Scaramouche, en ese sentido, semejante a Hamlet.
Ambientado en la Revolución Francesa, los aires de superioridad del protagonista son constantes y se trasladan al momento histórico: «Pero no puede ejercer un gobierno duradero, porque el poder exige unas cualidades que el populacho no tiene, y si las posee deja de ser populacho. El inevitable y trágico corolario de la civilización es el populacho». Este libro se ha conseguido coronar como un clásico, y no es para menos. Es de esos libros que aparecen en otros libros, es decir, cuando otros autores se han montado a hombros de este gigante, uno puede tener la certeza de que vale la pena.
A mitad, sintiendo el frenesí vital, nos regala verdades como puños: «Él amaba la vida tranquila y quería estar en paz con sus vecinos. Y le parecía tan obvio que ése era el mejor estilo de vida, que sólo los locos podían empeñarse en vivir de otra manera». Y la razón es toda suya, en este mundo de hoy adicto a la velocidad, la lentitud es un superpoder.
Personalmente, no es que me lo acabe de leer, pero tengo varios entre las manos y quería cubrir este miércoles con alguna lectura pasada que me pareciera profundamente recomendable. Historia, romance y aventuras son los mimbres que imbrican a la perfección esta novela de Rafael Sabatini escrita en 1921.
