Aki Shimazaki podría ser una buena guionista. Menudas tramas. Menudos dramas. Este caso empieza con una mujer que no reconoce a su marido, pero no desestima que sean novios. Una bella tristeza se presenta como gatillo inicial.
Entonces, bajo la ligereza del alzhéimer, ella levanta la alfombra y empiezan a aparecer sucesos imprevistos de su vida pasada, como si su "novio" no fuese la contraparte de la historia. Desde ahí, empieza a asomar una luna creciente, que se convierte en luna llena. En el cuarto menguante se contempla todo el recorrido anterior.
Por parte de él, chapeau: «Ahora que está enferma, me corresponde cuidar de ella. Suceda lo que suceda, siempre será mi mujer. Debo protegerla». Tetsuo-san pasa a ser el nombre de Tetsuo en boca de Fujiko, dado que ese respeto vuelve a imperar al "no estar casados". Ese respeto, esa construcción social, es fundamental para entender la relación, que cambia de jerarquía, ese rigor da valor a la lealtad.
Este relato me ha sabido a Yatekomo, pero a Yatekomo con sabor a perdón, un sabor rápido pero con poso de varios días. El sonido del yatekomo que me ha acompañado ha sido una playlist random de música japonesa tradicional. Hay un simbolismo constante en paralelo sobre las cigarras, la cigarra que estridula sin cesar, pero no lo he entendido. Aki, aquí te espero dentro de poco. «Pienso en la posibilidad de que también yo tenga alzhéimer. ¿Estaré de buen humor, como ella, o enfadado con los que no me entienden?»
