Supongo que hay que leer a C.S. Lewis si eres cristiano. Aporta fundamentos desde un punto de vista distinto, razonado, británico, hogareño, personal. Incluso apetece tomar un "güisqui" con él (así estaba escrito en el libro). Lewis tenía un hermano, tres años mayor que él, ahí coincido con él. Sus apellidos son Lewis Hamilton, ahí no coincido con él.
Adentrarse en Lewis es adentrarse en su universo de Animalandia, el boceto de Narnia. Es adentrarse en los pilares en los que construye su cosmovisión vital: diversas mitologías, un individualismo algo soberbio y una inteligencia privilegiada que ansía la verdad; con ese cóctel, lo que sale no tenía por qué ser un gran pensador cristiano, pero «los caminos del Señor son inescrutables», diría Isaías.
Siendo rigurosos, puede ser peligroso acercarse desde una lógica profundamente racional al cristianismo, o no es lo más común, o no está al alcance de todos. Yo, por ejemplo, diría que me acerqué desde la familia y el ejemplo amoroso de personas que desafiaban el cálculo matemático de "y yo qué recibo a cambio" como premisa de sus acciones. De todos modos, intentaré hincar el bisturí y haré spoiler de su conversión, teniendo en cuenta la doble acepción de Alegría y dejándole hablar mucho a él.
Aunque el término Alegría viene de 'Joy' en inglés, juega con él, y su primera acepción es «la del deseo insatisfecho, que es en sí mismo más deseable que cualquier otra satisfacción. Lo llamo Alegría, que aquí es un término técnico y se debe distinguir tanto de Felicidad como de Placer. (...) La Alegría no es distinta sólo del placer en general, sino también del placer estético. Debe tener un estremecimiento, un dolor, un anhelo insaciable».
Le otorga una concepción psicológica a esta Alegría: «He acabado aceptando esta fuerza bruta especial como una señal de que el interés que la conlleva es psicológico, no espiritual; supongo que tras un sabor tan fuerte se esconde una explicación psicoanalítica». Veremos cómo consigue desprenderse de esta acepción y llega a otra, más profunda y trascendente.
En su afán por recobrar esta Alegría, afirma que «la Alegría nunca está en nuestras manos y el placer a menudo sí», y en la medida que anhela este deseo, los medios para sentirse de nuevo arropado por la Alegría eran equivocados: «No puedes ofrecer una chuleta de cordero a un hombre que se está muriendo de sed».
En su discurso, va abordando hitos y derribando barreras, y así desglosa uno de estos: «lo que más importaba era mi profundo horror por la autoridad, mi monstruoso individualismo, mi desobediencia», hasta el momento en que su paradigma personal da un vuelco: «Hasta entonces mis pensamientos habían sido centrífugos; entonces empezó el movimiento centrípeto». Aquí revela la piedra de toque, y expone una de las confesiones más graves hiladas en tinta que he visto: «Por primera vez me examiné seriamente con un propósito práctico. Y encontré algo que me aterró: un zoológico de lujurias, un manicomio de ambiciones, una guardería de miedos, un harén de odios mimados. Mi nombre era legión». Guau.
En este momento, su descenso al infierno le permite mirarse a sí mismo: "Recuerda, siempre había querido, más que nada, que no «se entrometiesen». Había querido (absurdo deseo) «considerar mi alma mía»". Deja de considerarse su propio dueño, abandona ese «yo controlo» rebelde: «Si Shakespeare y Hamlet se pudieran encontrar alguna vez, tendría que ser obra de Shakespeare». El teismo aparece de modo sublime en su vida. Al principio, esboza a un Dios de manera impersonal: «Según mi imagen mental de este milagro, Dios no iba a aparecer como Salvador ni como juez, sino simplemente como un mago, y una vez que hubiera hecho lo que se le pedía suponía que, simplemente, se iría. (...) Supongo que la verdad es que la creencia en la que me había hipnotizado era en sí misma demasiado irreligiosa, dado su fracaso para producir ninguna revolución religiosa. Me había acercado a Dios, o a mi idea de Dios, sin amor».
Vemos cómo pasa de un teismo no relacional hasta toparse con el cristianismo, y de ahí, al catolicismo, aúpado por Chesterton -según narra-, que tendrá que venir indefectiblemente a estas tundras. A partir de ahí, recomienza su vida y su obra y su prosa y su teología popular. Es maravilloso que su pasado intelectual hiciera de palanca para llegar a este punto: «Eso fue bueno para mí: disfrutar de dos mitologías (o tres, ahora que me empezaba a gustar la griega) saboreando sus distintos aromas, fue algo que contrapesó mi ateísmo y actuó en favor de mi religiosidad».
Detrás de una conversión siempre hay cierto misterio, un salto de fe, un Jesús que enseña las llagas a Tomás, y este, desenmascara su orgullo: «La dureza de Dios es más agradable que la amabilidad de los hombres, y su coacción es nuestra liberación». No lo digo yo, lo dice Clive Staples Lewis, a quien le cautivó la Alegría.
