En bachiller conocí a Rick. Rick se ufanaba de haber sido francotirador del ejército inglés, y lo fue. Además, también era mi profesor de inglés. Rick era un tipo de aproximadamente 50 tacos, pero parecía haber vivido cinco vidas dentro de ese cuerpecillo estirado, enclenque y pálido.
Junto con las técnicas para aprender inglés, o más bien para aprobar exámenes de inglés, nos contaba historias de cómo pasaba más de diez horas tumbado. Sus entrenamientos de francotirador consistían en estar tumbado, sin moverse. Por sus toses hediondas, imagino que podía ingerir cajetillas de tabaco en esa posición.
En otra aventura estudiando idiomas, recuerdo cuando en la academia de alemán me dijeron que parecía modelo, y siendo sincero, no me lo esperaba. Es cierto que no un modelo cualquiera, sino modelo de Student's Book. Vamos, que me situaba en la delgada línea entre el piropo y el improperio, no lo sabía con certeza.
Coming back, un par de veces le hicimos a Rick la fatídica pregunta: «¿has matado a alguien?» La respuesta era de final abierto, no nos respondió nunca de forma explícita. Y me encantan esos finales, mucho más sugerentes e inspiradores que cualquier respuesta. No se necesita una respuesta en forma de palabras. Como ingenuos estudiantes la buscamos, pero no nos regaló las palabras, nos sugirió darle una vuelta a la pregunta en forma de anécdotas en el campo de batalla, de helicópteros caídos y de paracaídas nocturnos.
Las películas y los libros de final abierto son los mejores, dejan unos larguísimos regustos, ya que la imaginación recrea posibles finales y se deleita en esos «ojalá». Me gusta pensar cómo terminará sus días Rick, o cuál será su próxima vida dentro de ese cuerpo, supongo que nunca lo sabré.
