Pensando en Mercedes, es también el mismo nombre de la chica que ama el conde de Montecristo, el personaje de Alejandro Dumas, de esos amores platónicos e inalcanzables. Mercedes es también la escudería de Lewis Hamilton, quien esperamos que no vuelva a ganar un mundial para no tener que aceptar que es el piloto más laureado de la historia de la Formula 1.
Por otro lado, al decir «Mercedes», también alguien pensará en los Mercedarios, que no mercenarios. Bueno, ambos se entregan, unos por merced y otros por mecenas. Amor o dinero. Maximilian Kolbe, siendo franciscano, fue un poco mercedario, al entregarse en una cárcel por otra persona.
Estas son distintas percepciones de una misma palabra, que encienden bombillas en la gente de distintos colores y distinta intensidad. Y es que muchas veces las palabras, los sucesos, la misma realidad, se entiende de modo diferente según el contexto, las circunstancias personales o la cultura. Al decir «soy fan de Mercedes», nadie podrá acertar con certeza a qué me refiero si no aporto más datos.
No obstante, me sorprende la cantidad ingente de veces que se pretenden analizar sucesos a la ligera, desde una guerra hasta una vacuna, pasando por la energía nuclear o los bienes de la Iglesia. Hay gente que habla más que escucha o lee, y eso que tenemos una sola boca, dos orejas y dos ojos. El tipo que escribió el otro día en Twitter rajando de la Iglesia seguramente sería el merluzo que conducía el Mazda, así que estoy tranquilo.