Hoy he vuelto a Valencia. Quien dice 'hoy', dice 'hace unas semanas'. Tenía que deshacerme la maleta, pero antes tenía que ir a otro sitio. Al salir, el termómetro oscilaba entre 7 y 14 grados centígrados. Día ventoso en el que valía desde una camiseta hasta cuatro forros polares. La luz seguía siendo la misma que la de cuadros de Sorolla.
La fauna Valenciana que ha aflorado se componía de una joven con un skate bajo el brazo con una diadema de unas siete ruedas en cada eje, nunca lo había visto. También de un veinteañero con una raqueta de bádminton recién comprada del chino pero con menos pinta de jugar al bádminton que mi padre. Me he cruzado a Tiffany, esa turista con chaqueta de cuero rosa, labios perfectamente pintados, cabello rubio y largo, figura esbelta y estilizada, rematada con gafas de sol puntiagudas.
Me he cruzado con una familia que conozco y con la dueña de una pastelería que acaba de abrir. Más allá, el frutero pakistaní que abre 24/7. Llegando a Viveros, el túnel con graffitis que se actualizan cada mes seguía sin actualizar, y el árbol que algún día se caerá por su escorzo inicial, sigue sin caer.
Cuando he llegado a casa, la maleta seguía sin estar deshecha. La magia de Valencia es esa, sigue sin deshacerse aunque quieran. En todo el camino, no he escuchado a nadie hablar en valenciano, solo un par de carteles pancatalanistas. Me parece genial el valenciano, pero tiene prácticamente entidad de lengua no vernácula. No podemos ni queremos renunciar a nuestra primera moción: 'Per a ofrenar noves glòries a Espanya'.