Necesidad de las distopías
Cada vez son más importantes las distopías, vengan del plano cinematográfico o literario. Son ficciones sociológicas, que si se proyectan aventurando una posibilidad real, pueden evitar catástrofes. Por ejemplo, la realidad del comunismo se adelantó a su propia ficción. A la vez, en la cultura y en las matemáticas vemos ejemplos continuos de plantear medios imaginarios para solucionar problemas reales.
En esta ocasión, la ficción de 'El Hoyo', dirigida por Galder Gaztelu-Urrutia, no solo es una imagen muy buena de la realidad, sino que se ha adelantado -esperemos- a un diseño de cárcel similar, de sociedad similar. A continuación veremos cómo este paralelismo nos lleva a corolarios filosóficos de ámbito político, antropológico y religioso.
El clásico debate entre comunismo y capitalismo
Si habéis visto la película, hay 333 niveles. Y dos personas por nivel. Creo que no es conspiranoico concluir que el arrojante final es de 666 personas, lo cual no es baladí. Si estás en un nivel bajo, por suerte propone la película que cada mes se cambien niveles, por lo que puedes tener más fortuna en adelante. Y así es, la vida da muchas vueltas, lo sabemos.
De este modo, los niveles superiores tienen más recursos, siendo el único recurso la comida, única fuente de supervivencia. Si dejamos al mercado que se regule solo, ocurre lo que se ve: los de arriba no harán caso a los de abajo. Y los de abajo verán a los de arriba como culpables. Estamos en un bucle vicioso de envidia e ira. Este bucle conlleva muertes en los niveles inferiores.
La pirámide de Maslow (teoría que explica los impulsos de la conducta humana) indica que en los pisos inferiores la gente ya no está pendiente de la cultura, la justicia o la misericordia, solo de la propia supervivencia, como indica el instinto. Nada se les puede achacar a esta pobre gente, que se matarán recíprocamente de modo indefectible.
La única vía de escape posible es que los de arriba se preocupen por los de abajo. O que el sistema se preocupe por los de abajo. La propuesta de la película pasa por un salvavidas a modo de comunismo, con el efecto colateral de la violencia.
La solidaridad espontánea
En la parábola de 'El Hoyo', el altruismo es una quimera, el experimento encuentra en Goreng el héroe elegido para invertir la dinámica caníbal y pragmática. ¿No os suena la historia de una persona que estando en el nivel de arriba del todo bajó, habló de que los ricos dieran a los pobres, fue sacrificado por los suyos y descendió a los infiernos?
"Donde no hay amor, pon amor y sacarás amor" es la premisa enunciada por San Juan de la Cruz. El escenario es muy similar, un lugar en el que impera el mal, y el mal a sí mismo no se puede cambiar, a menos que descienda el bien. ¿Y si Goreng no hubiera utilizado la violencia? La cruda realidad es que hubiese durado tres o cuatro niveles -siendo optimistas- de predicación. La realidad habría acabado con él, el instinto se hubiera cebado con su propuesta, la cordura de la supervivencia hubiera tenido más peso que la locura de la solidaridad. ¿O no?
El sacrificio de Goreng también sentaría un precedente de la solidaridad espontánea que trata de buscar la administración de El Hoyo. El final abierto permite divagar, aunque parece que el mensaje de la película se resigna a que la violencia es la única posibilidad.
Y yo me niego, porque la violencia no termina con la espiral del mal, activa venganzas, despierta rencores, desata pecados. No olvidemos qué fin tiene la vida: un guerrero con honor no se pregunta por su vida, sino por su honra; no se pregunta por la comodidad, sino por la superación; no se pregunta por el placer, sino por la dignidad.
En buen caladero encuentra motivación Goreng para descender, de Cervantes y su Quijote: "El grande que fuera vicioso, será vicioso grande y el rico liberal será un avaro mendigo. Que al poseedor de las riquezas no le hace dichoso tenerles, sino gastarlas. Y no el gastarlas como quiera, sino saberlas bien gastar". Ah, la generosidad; ah, la trascendencia.
La solución es el héroe que contagia con su ejemplo, con tanta fuerza que tenga discípulos que se desvivan por continuar su legado. De nuevo, otra vez la fe se ha adelantado a la razón, obvio.
