Hay preguntas con respuestas amplias, a veces poco concretas, porque pretenden abarcar conceptos profundos, casi insondables. Qué es el arte, o el amor, o la vida.
Además de qués inabarcables, también hay porqués de esta índole, incluidos en estos qués. Porqué del arte, del amor, de la vida, o sencillamente, de una mera avutarda. Hoy vengo a desgranar el porqué del escribir. Espero así responder al porqué no me callo, como diría el emérito.
Tomaré prestadas unas ideas de Miguel Ángel Quintana Paz para intentar responder: «De un columnista esperamos ideas perspicaces y prosa meritoria. No es combinación sencilla. A menudo el escritor esconde entre fogonazos estilísticos su vacuidad, y el periódico centrista en que escribe se lo recompensa: el modo más simple de ser un moderadito es no decir nada. Otras veces, las intuiciones se agolpan en la cabeza del que redacta, y entonces sus párrafos se resienten. Salimos de su texto un tanto aturdidos, como si en una píldora hubiesen querido condensarnos un banquete. Quien así escribe olvida que lo placentero de compartir mesa no reside en el extracto proteínico de los platos, sino en el vino, charla y risas que lo acompañarán».
Ante este banquete, entonces esperamos buen estilo y buenas ideas. De esto, yo vengo a disfrutar de un buen manjar, un menú degustación, donde haya de todo. De una buena compañía con los que echarme unas risas, de los que aprender y con quien tirarme un eructo sin querer en la sobremesa cuando no haya camareros. Y al final, poder decir: a ver cuándo volvemos a quedar.
Tras surfear hojas de libros, vengo a escribir para barnizar la tabla y seguir surcando mares, para romper la barrera superficial y pasar de curiositas a studiositas, para forjar un pensamiento crítico. No oculto mi fervor por el aprendizaje por asociación, y me encanta apabullar de símiles, simbolos y referencias para intentar dibujar con letras, que una imagen vale más que mil tediosas palabras. Si el tedio puede contigo, te recomiendo a Ter, que explica todo esto de modo más ameno.
Porque es grato afilar el pensamiento, la herramienta básica para funcionar con prudencia. Esto no obsta para que haya otros huecos en los que afilar el corazón. David me recuerda que escribiendo se moldea el pensamiento, una curiosa mezcla de plastilina. Francisco Umbral propone que una columna exige tres sacrificios: "el de un poema -esto es, salvar una emoción-, el de un ensayo -o sea, incluir una idea o una comprensión del mundo-, y el de una noticia -ha de tener, como mínimo, la punta de un pie en la actualidad-".
