Roma sí paga traidores

 

La muerte de Viriato, de José de Madrazo

Diríase que nos ocurre con frecuencia la siguiente situación: recoger la mesa. Hablo de grandes banquetes, tras sobremesas de "no puedo ir esta tarde, tengo comida". Es decir, se avecina un día parsimonioso, quizás lo turba alguna avispa para quedar atrapada bajo un vaso.

Tras las fases pertinentes de preparación: aperitivo, comida, postre, copa... Llega el fatídico momento de la recogida. Ya alguno se ha despedido con "me espera mi novia / tengo que recoger a mi hermano / ..." y quedan la mitad. Ahora sí, escurrir el bulto es imposible.

El consejo es de perogrullo (palabra con origen en el profeta Pero Grillo, para que no se lleven a engaño), bastará con coger cosas de gran volumen y poco peso. Esa carencia de densidad despertará un sentimiento de altanería -está usted ayudando- a la vez que un reconfortante impás de comodidad en su discreción. Recomiendo las paneras, muy agradecidas y paradigmáticas para la ocasión. Con eso en la mano, nadie le juzgará negativamente.

Tras el deslomado que llegue con la pila de platos (si no son de plástico), llegará usted, disimulando un leve jadeo, y le dirán: gracias. Satisfecho, y mirando en dirección a Roma, agradecerá al cielo el eclipse que ha provocado en los pensamientos ajenos, consumando así su traición.