La casa del propósito especial


 Leer un libro de estos cada equis creo que me hace bien. Un libro de estas historias que han labrado nuestro presente. Un libro de nuestra historia, de mi historia, de mis tundras. Además, vibro con la ficción novelada-histórica-romántica, esa forma de entrelazar la narración de contextos históricos con la antropología humana me entusiasma. Y así lo hace John Boyne, autor también de El niño con el pijama de rayas.

Con Boyne me adentré en los campos de concentración y con Boyne he descubierto el fin de los Romanov. Conste que con mis reseñas el objetivo es hacer un prólogo a mi manera, para un resumen más exquisito podéis acudir a la sinopsis o a críticas más decentes.

El libro está compuesto por dos líneas temporales que avanzan a su punto de fuga. La una avanza en orden cronológico natural, desde el amanecer de ambos, con el rojo de la pasión romántica mezclado con el azul del lujo monárquico. La otra línea no avanza, sino que retrocede desde la actualidad hasta encontrarse con la anterior línea, que se funden para explicar cómo Zoya pasa de ser quien era a quien es. Este "quien es", siendo ficción, es una cuestión de estado, y más no puedo añadir para no quitar el candor a la novela.

Dejaré algo testimonial dado que la madre patria me invita a ello, siempre me gusta poder identificarme, conocerme. Siempre envidio algo ese "Qué nariz, como tu padre, qué orejas como tu madre", más atrevidos esos "qué enfados, como tu padre". A mí me dicen "pues nada que ver con tu madre" o "Ah, que tú eres el hijo de Carmelo". A mis padres les pasará igual, qué dirán: "ah, ese es vuestro hijo, pero... aunque... no sabía que..." con una ignorante timidez. Mis padres y yo en esos momentos reaccionamos del mismo modo, como casi nadie más puede, y es que eso que nos separa, a la vez estrecha más nuestro vínculo. Y pensamos: "pobres ingenuos, otros más que caen en este advenimiento incomodo para ellos, no para nosotros, acostumbrados ya a esta situación". Nos reímos con una sonrisa desconocida para el resto, casi fraudulenta para ellos, que genera una complicidad auténtica.


Adjunto el resumen de citas más destacadas: 

i) "El dolor y los recuerdos de Zoya formaban hasta tal punto parte de ella que tenía muy poco espacio para los de los demás; ni siquiera para los míos".

ii) "Había despertado de un sueño vistoso y dramático, de esos que uno confía en retener en la memoria para analizarlo después pero que se esfuman y disuelven lentamente, como azúcar en el agua" (esto me pasa con mis recuerdos con Rusia).

iii) "Pero no te estoy sirviendo —insistía ella—. Me complace cuidar de ti, Georgi, ¿es que no lo ves? Nunca imaginé que llegaría a tener esta libertad, para limpiar, cocinar, llevar mi propio hogar como otras mujeres. Por favor, no me niegues algo que otras dan por sentado." Esto de Zoya es sencillamente bello, la belleza de ser esposa, ama de casa. Ahora se entiende poco y mal. 

iv) "Llámame Zoya —contestó en voz baja—. Significa «vida»." A mí me pasó. Mi nombre cambió, y también dejé de vivir en Rusia, también por perder a unos padres.


Por último, quiero dejar constancia de que Rusia y su historia no es una cuestión solo personal. Creo que todos conocemos aquel secreto de Fátima: desde Rusia puede extenderse un gran mal -y así ha sido-, pero de la conversión de Rusia depende la conversión del mundo.