El contexto es un campamento cualquiera, de esos de 'tras este, por fin comienza mi verano'. Formación en filas de los presentes, ocho equipos, silencio sepulcral, se comentan avisos, cosas que van bien, alguna que va mal. Se dan premios a modo de billetes del campamento, se le quita un billete de 50 minions a C., por no estar en silencio. Seguimos en silencio.
Pasan a cenar algunos equipos, otros no. Ahora falta un equipo, el de C., lógico. "Pasan todos menos C.", y chaparrón a C., solo llevaba dos frases y C. aportó al chaparrón algunas gotas en forma de lágrimas. Era consciente de su vergüenza. Bravo, su conciencia era limpia, y aún más que la estaba limpiando. Era solo una trastada, solo un niño haciendo cosas de niños, pero el universo, sobre él.
Y yo, ya no tengo la capacidad de asumir así los chaparrones, la coraza brilla tras ser bruñida por el caracter frío, la sutil soberbia, el orgullo ancestral. La feliz resiliencia del niño consiste en no poner un pero a su error, aceptar en términos absolutos la culpa. Entonces, si limpia y enmienda su error, al decir los pecados, es capaz de sentirse perdonado y avanzar al comedor con Marta, Sebas o Guille.
