Urna funeraria


 No recuerdo del todo bien cuando durante mis tres primeros meses con mi madre no le hablaba. Tampoco recuerdo bien cuando robé mi primera chuche con mi hermano -creo que era una fresa-. Ni cuando mi padre me obligó a comer mi primer plátano frito. Tampoco cuando la abuela Domi nos daba malta después del postre y nos sentíamos mayores -el abuelo prefería el coñac-.

No recuerdo muy bien cuando el abuelo Emilio aceleraba su Jaguar como si fuera el inicio fulgurante de una montaña rusa. Ni cuando el abuelo Dioni me daba un euro más para seguir saltando en las colchonetas de las fiestas del pueblo. Tampoco cuando la abuela Luisita hacía la tortilla de patatas más espectacular del globo cuando llegábamos cansados del entrenamiento los viernes -qué bien heredó la receta el tío Dioni-.

No recuerdo muy bien los veranos en Alcocebre, ni las capas gloriosas de pasta-carne-pasta de la lasaña de mi madre. Y aunque no recuerdo esas cosas muy bien, prefiero dejarlas por aquí para cuando las recuerde peor.

Hay cosas que aún no he hecho y por eso creo que no se ha cerrado la tapa de la urna: meter un gol de chilena (una vez casi lo consigo, me lo pararon con la cabeza), vivir un terremoto potente, hacer una paella y leer el Quijote. No soy muy de meter las cenizas en botes y guardarlos, pero lo que no haría jamás sería esparcir esas cenizas.