El zahorí o los ritos familiares


 En una ocasión vi un hombre practicando un talento: ser zahorí. Le acompañaba su mujer y su hijo. Aquel hombre, tenía pinta de leer cartas astrales, me atrevo a más: tenía pinta de ser de signo ofiuco del zodiaco. A tenor de aquella práctica, debía ser un rito centenario de didáctica familiar. Como vara, se recomienda rama de avellana en forma de T, parece que cunde más a la hora de captar el gradiente gravitacional.

A lo mejor estoy revelando un truco que ciertos magos no quieren que desvele. Ese péndulo generado por la interacción magnética o mágica, no sé cómo describirlo, hacía vibrar de emoción al crío del zahorí -o radiestesista-, y eso fue lo que realmente me llamó la atención.

Para el niño inocente que acompañaba a su padre, el padre es el modelo a seguir, y ese rito u otro que lo fuera aún más loco serían aceptados con ingenuidad. No una ingenuidad fútil, más bien, basada en el afecto y autoridad paternal. Claro que sí, basado en la fe. Yo confío en mi padre, me fío ciegamente de lo que me cuenta el Pater Familias, porque es quien sabe del mundo. Estos y otros ritos familiares están en el seno de cualquier familia, tanto la humana como la cristiana.

Desde fuera de la familia, todo es muy cuestionable y relativo. Pero desde dentro, son maravillas que definen los lazos de fe y afecto que se deben dar. Por ello, vale la pena cuidarlos y custodiarlos con esmero. La tradición es la democracia de los muertos: sufragio universal en espacio y tiempo.

Aunque sigo sin entender el rito del zahorí, espero que su hijo suceda su legado. Dicho esto y como diríamos en mi familia desde Sacrosanctum Concilium: "Deo grátias".