Os prometo que YouTube es delirante. Delirantemente interesante. Quien viera los canales a que estoy suscrito no sabrá que pensar: si soy un paramilitar ruso exiliado, si pertenezco a una secta cavernícola, si soy un ingeniero aeroespacial frustrado, un jugador retirado de squash (allí me partí por primera vez el diente) o un perfecto ornitólogo del pleistoceno.
Le escuché a un conocido, JM Torralba, que 'la dispersión es el mal, la concentración es el bien', quizás lo sacó de un vídeo de YouTube. En cualquier caso, y soslayando por un instante lo anterior, hoy vengo a hablaros de hormigas, y sí, aprendí mucho de ellas en cierto canal. Pido que no me juzguéis a mí, sino a ellas.
Las hormigas no tienen cerebro. Este es un dato relevante, porque resulta que dependen inexorablemente de las feromonas: sustancias químicas secretadas por un animal que provocan una reacción específica; por ejemplo, un comportamiento definido o un desarrollo determinado. Estas feromonas hacen de las hormigas unos animales obedientes, perfectamente sociales y que viven por y para la supervivencia de su sociedad, su colonia, su hormiguero, su familia. No solo eso, sino que se dice de ellas que son los animales más fuertes, sirviendo como ratio las veces que pueden levantar su propio peso (hasta 100 veces). Venid a mí, feromonas, ¿o no?
El ser humano ese un animal racional y social. El ser humano puede ser fuerte y soportar cierto peso por instinto con su sentido de supervivencia. En cambio, a veces no actúa por y para la sociedad, y lo más elevado sería ser dócil a sus feromonas sociales. Me pregunto por qué Dios creó hombres y no una especie más hormiga que hombre a la que revelarse y en la que transformarse. Por qué se la jugó con la libertad: nos hace peores, o al menos, menos útiles.
Otro dato interesante de las hormigas es que esa falta de libertad les puede jugar malas pasadas: cuando se generan círculos en que siguen el rastro de su prójimo pueden trazar círculos de la muerte, pues creyendo que siguen con ciega confianza a la de enfrente, circulan hasta morir por fatiga. Ahí es donde el ser humano por fin respira, cualquiera diría: qué tontas, menos mal que soy capaz de levantar la cabeza y reflexionar sobre las vanguardias que me preceden, por si es menester cambiar de rumbo.
Sin embargo, existen fuerzas feromónicas en nosotros, la presión social no nos permite cambiar de rumbo por mucho que queramos, nos empujan, al menos en algunos ámbitos. Y si no hacemos caso a esas feromonas, seremos unos locos errantes, crucificados por nuestro fanatismo asocial, un radicalismo aséptico a ojos ajenas. Veo lobbys de padres contra los smartphones y pienso que hay salida de estos círculos de la muerte.
