¿Por qué no hablar de Tinder? ¿Por qué no detenernos un instante a mirar esa cueva de ecos pulsantes, como si el deseo humano fuera un catálogo de imágenes? También nos podemos meter en la jaula de los fuegos artificiales, a ver cuánto dura el resplandor antes de que nos quedemos ciegos. Analicemos esta otra argucia del diablo: parece que sólo es una aplicación, sólo trabajo remunerado para programadores. Sí, claro. Igual que el burdel sólo es ladrillo y pintura.
Pero qué fomenta Tinder, si no la falta de soledad y el vicio. Que el hombre, la mujer, esté siempre disponible para ser elegido o descartado. ¿Fomenta el amor? No, porque el amor implica fidelidad. Y si eso no se presupone, tampoco es su competencia, quizás. Las máquinas no saben de eternidades.
¿Qué es el amor sin la fidelidad? Hay trampa y cartón. Una emoción sin compromiso, un afecto sin raíces. Volátil, porque no promete durar. Egoísta, porque prioriza el deseo momentáneo antes que el bien del otro. Superficial, porque no se construye en el tiempo. La fidelidad es lo que da peso, seriedad y horizonte al amor. Es la prueba de que el amor no es solo un sentimiento efervescente, sino una decisión de permanecer, de quedarse, incluso cuando el fuego de artificio se apaga.
Sin fidelidad, el amor es una chispa sin fuego que la sostenga. Y es coherente, al menos, que el logo de Tinder sea una llama: una chispa, un destello, un instante. No engañan. Chispas. Y adictos a las chispas, ya no queremos el fuego. ¿Para qué prender una hoguera si deslizando el dedo puedo encenderme otra vez, aunque sea un incendio de pólvora y cartón mojado?
El amor en Tinder es un supermercado efímero: todo está dispuesto, todo está al alcance, pero todo caduca en cuanto se consume. La fecha de expiración viene tatuada, hasta el tatuaje sería de mentira. Ciertamente, no tengo derecho a la ingenuidad. Aunque prefiero no buscar culpables, sino héroes. Este juego tiene trampa: la trampa de convertir al otro en entretenimiento. Y cuando el otro es entretenimiento, ya no es prójimo, es pasto.
¿Y la cultura de las chispas? Todo consumo rápido, todo perecedero. Dónde están los poetas del amor, esos que escribían cartas de tres hojas y caminaban dos días para entregar una rosa... y les llamamos imbéciles. Ahora enviamos un emoji con un corazón roto, y a dormir tranquilos. Olé a quien el otro día compró una página en El Mundo (unos 30.000€) para elogiar la vida de su difunta esposa.
No sé qué columna hay que dinamitar para que este edificio de la insatisfacción se derrumbe. Solo sé que Tinder y su estela no son el camino. Una relación que nace del catálogo es difícil que no acabe en la basura de la historia, esa donde las musas ya no quieren pasear. Porque la poesía nunca estuvo en las chispas: siempre estuvo en el fuego que calienta, que ilumina y que exige quedarse.
Yo, por mi parte, me propongo hacer huelga de chispas. Y buscar fuego, aunque la leña esté mojada.
